16 febrero 2011

Contrastes

El pasado domingo, más de un millar de aficionados del Levante UD realizaron una cadena humana que logró dar la vuelta al estadio Ciudad de València (unos 600 metros), para lanzar a su equipo la imagen de un gigantesco abrazo. Imagino que ya saben —pero si no se lo cuento— que el Levante es un club humilde, que acaba de atravesar una intervención judicial por el delicado estado de sus finanzas, y que como fruto de esa situación cuenta con un presupuesto muy bajo, que no sin dificultad le ha permitido componer un equipo con retales para competir en una competición futbolística como la Liga española donde se mueven cifras astronómicas. Hace unas semanas el equipo pasaba por un momento delicado, encadenando una derrota tras otra, como se presuponía a su condición. Sin embargo, buena parte de los aficionados del equipo (no llegan a 15.000 los que acuden al estadio) se conjuraron para transmitir su aliento a la plantilla y hacerla cambiar de ánimos y actitud. Desde entonces centenares de cartas de ánimo mandadas aficionados cubren el pasillo entre el vestuario de los jugadores y el campo; y a la llegada de cada partido en casa, los futbolistas son recibidos por los cánticos de centenares de seguidores. El equipo sigue siendo humilde —hace muchos desplazamientos en autobús—, pero con el aliento de la afición lleva encadenadas tres victorias consecutivas, y todo parece posible en una historia que parece de película.
Es la primera mitad de Contrastes, mi columna de hoy en l'Informatiu. Una columna que da un giro a partir de este instante, y que pueden terminar de leer siguiendo este enlace.
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