
Desde hace semanas cualquier ciudadano que atraviese por la noche el puente de l'Assut de l'or observará una curiosa estampa: la de los edificios de Calatrava, antaño más brillantes que la luna, ahora solo iluminados por la luz anaranjada de las farolas del borde del río. Lo lógico y bonito sería pensar que nuestros gobernantes han entrado en razón y que tanto dispendio lumínico quizás era innecesario; aunque las periódicas y cada vez más habituales noticias de impagos del Consell invitan a pensar que no hay luz porque no se puede hacer frente a la factura (al igual que en el mismo marco, el Ágora no tiene sus previstas alas por el mismo motivo y no por la inutilidad de estas y el resto del conjunto).
No obstante, la oscuridad del entorno hace brillar en él un pequeño rincón del complejo. Se trata de una porción del Umbracle, su lujoso mirador, al que los administradores públicos decidieron sacar rendimiento alquilándolo a una empresa privada para que en él se montara una hortera discoteca al aire libre en la que pijos y wannabes valencianos se esnifaran la noche. Mi modelo de ocio es otro, lo reconozco, pero aunque sospecho que la cesión no será todo lo ventajosa para las arcas públicas que podría ser, la solución me parece perfecta.
Así empieza
Mejor cerrados, mi columna de hoy en
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